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| miércoles, 17 de marzo de 2010 |
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| Miércoles de la 4ª Semana de Cuaresma, Ciclo C |
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| Patricio de Irlanda |
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El evangelio de hoy toca la melodía del activismo: Dios sigue actuando desde la creación del mundo, y Jesús le acompaña haciendo dúo. El Padre y el Hijo siempre unidos para hacer el bien.
El salmo de la liturgia, 144, me facilita una lista de acciones beneficiosas de Dios: clemente, misericordioso, tranquilo, fiel, bondadoso, rico en amor, tierno, cercano...
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El Señor ha constituido a su Siervo como alianza para restaurar el país. El Padre ha enviado al Hijo y le ha dado el poder de resucitar de entre los muertos. Nadie está excluido de esta invitación a la vida, nadie podrá sentirse abandonado u olvidado por Dios, porque el único verdaderamente abandonado es el Hijo amado, a quien un Amor más grande entrega a la muerte en la cruz para librarnos de la muerte eterna. A los judíos que le acusan de violar el sábado y de no respetar el descanso del mismo Dios, él les revela la propia conformidad sustancial de Hijo que actúa en todo de acuerdo con lo que ve y escucha del Padre: por consiguiente, de él recibe la autoridad de juzgar. A cuantos escuchan con fe su Palabra y la guardan en el corazón, les da el poder de llegar a ser hijos de Dios; desde ahora pasan de la muerte a la vida eterna, y, en el último día, no encontrarán al juez, sino al Padre, que les espera desde siempre, porque en ellos reconoce el rostro de su Hijo amado, el Unigénito, convertido por nosotros en hermano primogénito.
Grande es la esperanza que se nos propone: nos concede nueva luz en la existencia cotidiana. Vivir como hijos es la herencia eterna y, a la vez, el tesoro secreto que nos sostiene cada día en la fatiga.
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