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:: Editorial Verbo Divino :: Autor destacado Felicísimo Martínez Díez

Felicísimo Martínez Díez

Felicísimo Martínez Díez

 

 

Julio Lois (Pontevedra 1935), teólogo y compañero durante años de Felicísimo Martínez en el Instituto Superior de Pastoral de la Universidad Pontificia de Salamanca en Madrid, le entrevista hoy con motivo de la publicación del libro de Felicísimo ¿Ser cristiano hoy?: Jesús y el sentido de la vida.

Julio Lois, como buen amigo, sabe de la trayectoria de Felicísimo y nos ayuda a conocer mejor a nuestro autor del mes en un diálogo profundo, interesante y revelador.

 

            1. Tus últimas publicaciones están centradas en la cristología. Que yo sepa, no ha sido siempre el tema preferente de tu enseñanza teológica. ¿Por qué ese tu interés actual en la cristología?              

             Yo mismo me he visto sorprendido por esta especie de “concentración en la cristología”. Aunque, por otra parte, nadie debería sorprenderse de que un cristiano y un teólogo terminen centrando su interés en la persona de Jesús. Es normal. Como dice el autor de Hebreos, “Él es el que inicia y consuma nuestra fe”. 

             Pero es cierto, yo estuve durante algún tiempo ocupado en otros temas, escribiendo y dando cursos sobre otros temas de vida dominica y de vida religiosa. Pero aquellos temas condujeron mi interés hacia la vida cristiana, hacia la persona de Jesús y su Evangelio.

             Soy dominico. Hace algunas décadas mis responsabilidades en la Orden de Predicadores me obligaron a reflexionar y compartir reflexiones sobre el carisma y la espiritualidad de Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos. A la postre llegué a la conclusión de que la vida dominica es sólo una forma específica de vida religiosa, tal como la concibió y la formuló Domingo de Guzmán. 

             Esta conclusión me llevó a reflexionar y compartir reflexiones sobre la naturaleza y la misión de la vida religiosa en la Iglesia y en la sociedad. A la postre llegué a la conclusión de que la vida religiosa es sólo una forma específica de vida cristiana. Después de todo, Benito de Nursia, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán, Ignacio de Loyola… lo que pretendieron fue tomarse en serio el Evangelio de Jesús y vivir con toda radicalidad las exigencias de la vida cristiana.

            
Ese recorrido me llevó, de forma casi natural, a la cristología. Para mi es convicción irrenunciable que Jesús de Nazaret, el Cristo, es el referente obligado de toda forma de vida cristiana y de toda forma de vida religiosa. Él es el faro que ilumina y permite descubrir lo que hay de más auténtico y de más evangélico en toda forma de vida cristiana. Si queremos contestar a la pregunta “¿Qué es ser cristiano?”, hay que preguntarle a Él.

 2. Aparte de este itinerario un poco académico, ¿ha habido alguna razón más personal que te haya llevado al interés por la cristología? 

Sí, hay un par de razones que están detrás de este mi interés creciente por la persona de Jesús y por su propuesta de vida.

 En primer lugar, estoy convencido de que todos los cristianos necesitamos urgentemente recuperar la esencia del Evangelio, lo esencial de la vida cristiana. Yo mismo, después de muchos años de reflexión teológica y de práctica cristiana, siento la necesidad de centrar mi fe y mi vida en lo más esencial de la vida cristiana. 

A veces son tantas las adherencias que se han pegado a la vida cristiana, que lo más esencial y valioso del cristianismo quedó oculto o semioculto. Son adherencias en forma de creencias, normas, rituales… que aprisionan y ocultan lo mejor del Evangelio. Por eso, hoy es urgente restaurar el retablo de la vida cristiana. Para ello no basta quitarle el polvo que los siglos han arrojado sobre él. Es necesario también recolocar las piezas y colocar a Jesucristo en el centro del retablo. Para volver a lo esencial del Evangelio es necesario “fijar los ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe”.

En segundo lugar, hay un motivo mucho más personal que me llevó a este interés por la cristología. Aunque puede sonar paradójico, después de décadas dedicado a la enseñanza de la teología, recientemente he sentido la necesidad de formular personalmente la fe. No es lo mismo formular la fe en un aula de teología, que formularse la fe personalmente. No es lo mismo reproducir con corrección las formulaciones dogmáticas de la tradición teológica en un aula de teología, que preguntarse con toda honestidad por el significado de las mismas para la propia fe. No es lo mismo decir “Cristo ha resucitado” que preguntarse: “¿Qué quieres decir tú mismo cuando dices que Cristo ha resucitado? ¿Qué significa esa afirmación para ti?”. Y si la propia formulación de la fe es cuestionada, como sucede hoy a los teólogos con bastante frecuencia, es llegado el momento de hacer el ejercicio a fondo de pensar la propia fe y formularla o reformularla.

 De hecho el libro publicado por esta editorial con el título Creer en Cristo. Vivir en cristiano no fue escrito, en principio, para ser publicado. Fue sólo un ejercicio personal de formulación de la fe, libre de la comprensible autocensura que supone casi siempre la palabra pública, sea oral o escrita. Después, todavía no sé bien por qué razón, se convirtió en publicación. Algunos amigos y la propia Editorial Verbo Divino han podido ser la causa. 

Al final de ese ejercicio Dios sabrá si soy más o mejor creyente, pero yo sí puedo decir que he conseguido liberarme de algunos malentendidos sobre la fe cristiana.

  

3. Tú has viajado mucho y has trabajado en numerosos países. Has vivido en la Europa de la secularización, en la América Latina de la liberación, en los países asiáticos del diálogo interreligioso. De seguro que esta experiencia ha enriquecido notablemente tu reflexión teológica. ¿Qué ha supuesto para tu fe y para tu teología el contacto con mundos tan diversos?

Mucho, muchísimo. Ha sido una excelente oportunidad para reformular y reactivar mi fe cristiana. Porque hay que reconocer que la reflexión teológica es en buena parte deudora de los contextos sociales y eclesiales en los que vive el teólogo.

Lo primero que he podido comprobar cruzando fronteras geográficas y culturales y viviendo en continentes con tradiciones religiosas y culturales tan distintas, es que Jesucristo y su Evangelio son patrimonio de la humanidad. La universalidad del cristianismo se proyecta más allá de las Iglesias cristianas. Ha sido un estímulo para mi fe cristiana constatar cómo personas que no son cristianas ni creyentes aprecian y valoran la persona y el Evangelio de Jesús de Nazaret. El descrédito que a veces padecen las Iglesias cristianas y sus jerarquías en algunos ambientes no es suficiente para desacreditar a Jesús y al Evangelio cristiano. Esta belleza y luminosidad de Jesús de Nazaret se refleja en personas de todos los continentes y de todas las tradiciones religiosas y culturales. Esto ha sido un estímulo valioso para mi fe.

La travesía de fronteras geográficas y culturales también me ha ayudado a distinguir lo sustantivo y lo adjetivo en la fe cristiana. Yo sé que es imposible encontrar el Evangelio puro, desnudo, sine glossa, pero también estoy convencido de lo importante que es distinguir bien el Evangelio y las glosas, los comentarios, las mediaciones culturales. El Evangelio cristiano es tan rico y tan universal que no puede ser atrapado y monopolizado por ninguna cultura. Ésta ha sido una equivocación frecuente en las Iglesias europeas, que se encargaron de anunciar el Evangelio en otras culturas no europeas. Para anunciar el Evangelio hay que ser siempre muy humildes, pero hay que serlo sobre todo cuando hay que anunciarlo “en tierra extranjera”. Esa humildad ayuda también a relativizar las formulaciones de la propia fe y aferrarse cada vez más a lo esencial y sustantivo de la fe. ¡Es muy importante distinguir la fe y la teología!

Pero, sobre todo, los años vividos en América Latina me ayudaron a descubrir el Jesús de los pobres, el Dios de los pobres, el Evangelio de los pobres. ¡Qué distinto es todo cuando se mira desde los débiles, desde los pobres, desde los excluidos…! El sufrimiento de las víctimas, sobre todo de las víctimas inocentes, pone de manifiesto la injusticia de la Cruz y sus terribles consecuencias. Pero también es una “escuela” que nos permite comprender mejor al Crucificado y al Dios que se revela en la Cruz. Fue una gracia para mí descubrir en aquellos años el potencial liberador que habita en el Evangelio de Jesús, en la fe cristiana, en la comunidad de los creyentes.

 

4. Tengo entendido que tuviste una infancia muy singular, que fuiste pastor de ovejas desde los 7 hasta los 13 años. Este dato biográfico, ¿ha tenido alguna repercusión en tu reflexión teológica? ¿Te ha ayudado a comprender mejor el Evangelio de Jesús?

Sí, es cierto. Desde los 7 a los 13 años pasaba los cuatro meses de verano pastoreando un rebaño de merinas en las montañas de León. ¡Nunca se borrarán de mi memoria aquellas noches estrelladas, sin contaminación alguna, pasadas al raso! Hoy se hablaría de explotación laboral de la infancia, pero en aquel momento y en mi pueblo natal, de tradición trashumante, aquella infancia era vista como algo absolutamente natural. Yo así lo viví, y así lo recuerdo, como una infancia feliz y con secuelas muy positivas a lo largo de toda mi vida. Fueron muchas y muy importantes las lecciones allí aprendidas.

¿Que si me ha ayudado a comprender mejor el Evangelio de Jesús? Por supuesto que sí, sobre todo la maravillosa imagen del “Buen Pastor” que Jesús se aplica a sí mismo. La página del Buen Pastor es de tal realismo, que quizá sólo un pastor puede llegar hasta el fondo de su mensaje. Habla con tal realismo de la conducta del buen pastor, del asalariado, del lobo, de las ovejas… que sólo se puede captar su sentido a fondo en una cultura pastoril.

Yo comprendo que hoy a la mayoría de las personas de la cultura urbana e industrial no les guste esta imagen. Sobre todo a los laicos, a quienes correspondería en esta imagen el papel de la oveja sumisa o del borrego gregario, sin libertad, ni iniciativa, ni capacidad de decisión. Por eso hoy resultan tan extraños, a nivel eclesial, los términos pastor, pastorear, pastoral, grey… Si la imagen fuera utilizada para mantener a los laicos en la minoría de edad, debería ser desterrada, fulminada del lenguaje cristiano. No es fácil captar el auténtico sentido de la parábola en la cultura moderna y postmoderna, que es eminentemente urbana e industrial.

Pero no es ese el sentido de la imagen evangélica del Buen Pastor. En ella se describe a Jesús como el pionero de la fe cristiana, el que “inicia y consuma nuestra fe”, el que abre el camino a sus seguidores. En ella se presenta a Jesús como el compañero de camino atento a la peculiaridad de cada uno de sus seguidores y seguidoras. Su voz es una invitación al seguimiento. El conocimiento es el paso previo al amor. Este amor se consuma con la entrega de la vida. Y la imagen resulta especialmente luminosa, cuando aparece la oveja perdida, objeto principal de los cuidados y desvelos del Buen Pastor. Si la cristología no nos lleva hasta esa experiencia de comunión con el “pastor y guardián de nuestras personas”, es una cristología frustrada y fracasada.

 Comprendo y respeto a quienes reniegan de esta maravillosa imagen evangélica del Buen Pastor. Pero para mí es una imagen sumamente evocadora a la hora de definir el puesto de Jesús en la comunidad cristiana y en mi propia vida. Aún hoy, a muchos años de distancia de aquella experiencia pastoril, la parábola del Buen Pastor sigue alimentando mi fe y mi relación con Jesucristo.

 

5. Eres dominico y has escrito abundantemente sobre la situación y los desafíos de la vida religiosa hoy. Con frecuencia haces referencia a la necesidad de “re-fundar” la vida religiosa. El término parece que no ha sido bien visto en algunos ámbitos eclesiales. ¿Tiene algo que ver esa propuesta de re-fundación de la vida religiosa con tu forma de entender la cristología?

No sé si es que el término “re-fundación” no ha sido bien visto o no ha sido bien interpretado. Nunca he pretendido ser yo un fundador o re-fundador de la vida religiosa. La vida religiosa ya está fundada e inventada. Nunca ha sido ese el sentido que he dado al término en mis escritos.

Sin embargo, sigo insistiendo que lo que necesita hoy la vida religiosa no es una simple reforma disciplinar, una operación estética, una reforma de superficie. Necesita una verdadera y auténtica re-fundación o re-fundamentación.

Y lo único que quiero decir con ese lenguaje es que en los actuales momentos a la vida religiosa no le bastan reformas institucionales, estructurales, disciplinares…; que tiene que ir al fondo; que se trata de regresar a los fundamentos teologales de siempre… Y aquí entra de lleno la cristología, pues Cristo es la única piedra angular, el único fundamento de toda vida cristiana radical.

Y la vida religiosa sólo quiere ser eso, vida cristiana radical. Proponer la re-fundación de la vida religiosa no es otra cosa que proponer la re-fundamentación de la misma en el único fundamento, que es Cristo. No hay más misterio en esa palabra, pero no es poco misterio. Se trata de fundamentar la vida religiosa en los fundamentos de siempre, en las experiencias teologales más características de la vida cristiana: la experiencia de fe, la práctica comunitaria, la misión entre los pobres.

  

6. Leí atentamente tu libro sobre cristología. Veo que insistes una y otra vez, a lo largo de todo el libro, sobre la dimensión salvífica o salvadora de Jesucristo, sobre la estrecha relación entre “la cristología” y las “soteriología”. ¿Por qué esa insistencia que se repite a lo largo de toda la obra?

            Básicamente porque la Cristología no es una cuestión de mera curiosidad académica, al menos para mí. En cierto sentido, se puede decir que es una cuestión de vida o muerte para los creyentes. De poco serviría tener amplios conocimientos sobre Jesucristo si eso no cambia para nada la vida de las personas, si no nos afecta en la forma de ver y de vivir la vida. En ese caso,Jesús de Nazaret no suscitaría más entusiasmo que cualquier otro personaje o héroe de la historia pasada o del presente. Lo más peculiar de este hombre es que a lo largo de veinte siglos muchas personas han encontrado en él sentido y salvación.

Yo creo que hay que deshacer algunos prejuicios que se cuelan con frecuencia en la espiritualidad cristiana. A veces queremos ser tan perfectos que nos olvidamos de ser un poco realistas. Algunos cristianos quieren ser tan des-interesados, que cualquier interés les parece egoísmo puro. Esto no es cierto. Hay intereses absolutamente legítimos: por ejemplo, el interés y la búsqueda de la felicidad, siempre que no sea a costa del sufrimiento ajeno; por ejemplo, el interés y la búsqueda de la propia salvación, siempre que no nos olvidemos de la salvación ajena.

No es egoísmo buscar la salvación en Cristo Jesús o dirigirse a Él buscando felicidad, luz, alivio, consuelo, salvación… Al Jesús terreno se acercaban las personas buscando todo esto, y Él jamás las rechazó. Hoy nos encontramos en situaciones análogas. Seguimos necesitando felicidad, luz, alivio, consuelo, salvación… Buscarlo en Jesús es legítimo. Si Jesucristo no nos ofreciera nada valioso, no valdría la pena acercarse a Él. Si creemos en Él es porque esperamos encontrar algo importante en su persona y en su Evangelio. No sólo es legítimo acercarnos a Jesús “por ser Vos quien sois”. También es legítimo acercarnos a Él por sus beneficios.

Lo importante es que nuestras búsquedas sean honestas y estén abiertas a posibles rectificaciones. Puede ser que estemos equivocados al buscar la felicidad y la salvación por caminos errados. Puede ser que el Evangelio de Jesús corrija nuestra concepción de la felicidad, de la salvación, y nos invite a buscarlas por nuevos caminos. En ese caso, el error consistiría en no dejarnos iluminar y conducir por el Evangelio, en no permitir que Jesucristo nos revele en qué consisten verdaderamente la felicidad y la salvación.

 Jesús de Nazaret no sólo nos reveló el rostro de Dios; también nos reveló y nos sigue revelando el rostro del ser humano. Suena extraño, pero yo estoy convencido de ello. A pesar de convivir diariamente con nosotros mismos y con la humanidad, no sabemos a ciencia cierta qué es el “ser humano”. Necesitamos que nos sea revelado. Gracias a Jesucristo, el “hombre nuevo”, sabemos en qué consiste verdaderamente ser humano, actuar humanamente, comportarnos humanamente. En Jesús se ha revelado lo mejor de la humanidad, la humanidad nueva.

  

7. También me llamó la atención una idea del epílogo, que me parece muy acertada. Allí afirmas que “la cristología” o la reflexión sobre Jesucristo no se puede dar por concluida. ¿Por qué esa afirmación tan tajante?

Yo creo que la reflexión sobre Jesucristo debe quedar abierta hasta el fin de los tiempos para que todos sus seguidores, los de las “generaciones siguientes”, continúen buscando y profundizando en el misterio de Cristo y de la vida cristiana. Todos los cristianos tenemos la obligación de escribir nuestro propio capítulo de cristología, aunque sea muy humilde, nuestra propia meditación sobre Cristo. Así hacemos actual el misterio cristiano. “Si vosotros no sois mis testigos, si vuestra vida no da testimonio de mí –nos dice siempre el Resucitado– es como si yo no hubiera resucitado”.

El evangelio de Marcos termina de una forma un poco abrupta. Es una especie de evangelio no terminado. La Biblia de Jerusalén pone al final unos puntos suspensivos… A todos los cristianos nos toca rellenar los puntos suspensivos que deja abierto el evangelio de Marcos. Nos toca hacer resonar el silencio que el evangelista atribuye a las mujeres en la mañana de Pascua.

Una cristología sin terminar nos deja al final de la palabra y al comienzo del silencio orante y contemplativo. Así terminó Tomás de Aquino su vida de gran teólogo. Era un genio y, sin embargo, un buen día dejó de escribir y enseñar y dio esta explicación: “Todo lo que he escrito es paja en comparación con el misterio de Cristo que me ha sido revelado”. Esta revelación probablemente tuvo lugar mientras oraba, mientras barruntó la profundidad del misterio de Cristo.

La cristología no puede cerrarse mientras el Espíritu Santo siga realizando su obra en los creyentes, e incluso en los no creyentes. Hoy sólo podemos comprender a Jesucristo y seguirlo si estamos inspirados y animados por su Espíritu. Por eso, los teólogos insisten cada vez más en la estrecha relación que debe existir entre el tratado sobre Jesucristo (cristología) y el tratado sobre el Espíritu Santo (pneumatología). El Espíritu Santo es el gran don del Resucitado. Por eso, debemos seguir implorando con toda la comunidad cristiana que nos sea dado para que cada cristiano siga escribiendo su humilde capítulo personal de cristología. “Arroja en nuestras manos tendidas en tu busca las ascuas encendidas del Espíritu, y limpia, en lo más hondo del corazón del hombre, tu imagen empañada por la culpa”.

También dejo sin cerrar la cristología, porque soy plenamente consciente de las limitaciones de mi fe y de mi inteligencia.

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