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:: Editorial Verbo Divino :: Autor destacado Francisco Contreras Molina

Francisco Contreras Molina

Francisco Contreras Molina

Entrevistamos a Francisco Contreras Molina, misionero claretiano, autor del mes, y autor también de un libro muy reciente publicado en Editorial Verbo Divino: Leer la Biblia como Palabra de Dios. Claves teológico-pastorales de la lectio divina en la Iglesia.

Queremos conocer mejor al autor y saber cómo ha surgido este libro, puesto que aparece en un momento muy oportuno y providencial, cuando toda la Iglesia se prepara para la celebración del Sínodo de los Obispos que va a tratar este tema tan ansiado: “La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia”. El libro está llamado a servir también de eficaz instrumento de trabajo para el estudio de los Lineamenta o sugerencias propuestas por el Sínodo. Sabemos de algunos grupos cristianos que así lo están haciendo con provecho.
El profesor Francisco Contreras Molina está atravesado por el fuego pastoral del que hablaba el profeta Jeremías y el mismo Pablo, y reflexiona este mes con nosotros sobre la importancia de la Biblia en nuestra Iglesia. Sus respuestas nos ayudan, nos iluminan, nos enriquecen.

1. ¿Cómo ha nacido la urgencia o necesidad de escribir este libro?
La vida es un don de Dios, nos viene dada. Y Dios guía nuestros pasos, incluso sin que nosotros lo advirtamos en un primer momento. Más tarde caemos en la cuenta: damos gracias al Señor y acogemos la vida como regalo.
Mi más reciente aventura con la Palabra de Dios empezó en el año del jubileo en toda la Iglesia: el 2000. En Granada se habían organizado, como en tantas otras diócesis, charlas, conferencias... Fueron tres años plenos de ricas experiencias eclesiales. Pero no se quería que, llegados a la meta, la memoria cayese en el olvido y la vida cristiana decayese en la rutina. Se pensó en publicar unos cuadernillos que se repartirían por las iglesias de la provincia. Tenían por título Iglesia dos mil. A mí se me encomendó —como profesor de Sagrada Escritura y metido como me hallo en la pastoral diocesana— redactar un par de artículos sobre la lectio divina. Recuerdo que eran fechas de mucho ajetreo. Pero escribí con gozo y prontitud la colaboración requerida, porque sentía que así me lo pedía la Iglesia y podía ser útil a mis hermanos.
La revista llegó a sus destinatarios. A raíz de esa divulgación, cuál no sería mi sorpresa cuando empezaron a solicitarme de muchas parroquias de Granada. La gente quería saber y profundizar más. Me multipliqué como pude. En algunas parroquias no bastaba una sola charla. Pedían más. Surgió un alegre despertar y cundía un entusiasmo por la Palabra de Dios.
Di algunos días de retiro a los sacerdotes de la diócesis de Granada. Recuerdo que el entonces arzobispo, don Antonio Cañizares, me comentaba —medio en broma, medio en serio— que era el único ponente que había hecho rezar a los sacerdotes. No era propiamente eso. Se trataba más bien de que, tras las charlas teóricas, hacíamos ejercicio concreto de lectio divina, en clima de fe y oración. El camino de la Palabra de Dios ha seguido ya imparable en mi vida. Me han llamado de muchas partes obispos y sacerdotes. Parroquias. Diversas familias religiosas. Gente sencilla del pueblo. Comunidades. Movimientos. Cofradías. Colegios... He podido recorrer España entera en estos últimos años intentando fomentar el amor por la Palabra de Dios. Este libro nace para ser altavoz de estos intensos años de estudio y de contacto con muy diversos grupos, a fin de ofrecer a un buen número de cristianos unos caminos y sugerencias para que se acerquen a la Biblia y la lean como Palabra de Dios, que da vida, consuelo y fuerza, libro que crea comunidad de fe y que unge para el compromiso misionero.
 
2. ¿Porqué hoy la Biblia es deseada entre los cristianos? ¿En qué contribuye a la vida de fe?
En la mesa de la Iglesia hay ofrecidos dos panes, el pan de la eucaristía y el pan de la Palabra. De ambos panes hay que alimentarse para vivir la fe. Característica esencial de toda espiritualidad cristiana es la lectura de la Palabra de Dios. No podemos olvidar que el cristiano es un oyente de la Palabra (Sant 1, 22). Pero la Biblia no es sólo un libro. Hay que desterrar cuanto antes su carácter libresco, cosificado y necrosado. Cuando leemos con fe la Biblia, Dios corre amorosamente a nuestro encuentro, una presencia viva se nos aproxima para instaurar con nosotros una familia. La Biblia es revelación no sólo porque nos da a conocer el corazón de Dios, sus designios de amor, su misericordia que es fiel y permanece para siempre... La Biblia es revelación, porque revela los anhelos más hondos del corazón humano, eso profundo que «late» (en la doble acepción de la palabra: escondido y vibrante) y quiere vivir y no sabe de qué manera... Todas esas esperanzas se iluminan, crecen y se cumplen en la lectura de la Biblia.
¿Cómo no va a llenar el corazón humano la revelación de un Dios, que, por una infinita condescendencia de amor , se abaja hasta nosotros, nos toma de la mano y anuda una alianza de amor para siempre?

 
3. ¿No está ya suficientemente evangelizado nuestro pueblo como para necesitar, a estas alturas, tras cuarenta años de postconcilio, de una enseñanza bíblica? 
Quisiera poner un par de ejemplos, que bien pueden valer como botones de muestra. Así gustaba escribir al evangelista que nos acompaña en este año litúrgico, san Lucas, que suele señalar un bina de personajes (hombres y mujeres) a lo largo de su evangelio.
Una vez encontré a dos sacerdotes en una parroquia de Valencia. Ya contaban cierta edad: el párroco 69 años, el coadjutor 67. Estaban impartiendo unas catequesis de la Biblia a los fieles. Me comentaron sus sentimientos, con cierto pesar pero sobre todo animados de ilusión. Tras muchos años de incansable ejercicio pastoral, ahora sí que habían acertado plenamente:
Lástima que hayamos empezado tan tarde. La gente viene y se queda tan contenta, oyendo cosas de la Palabra de Dios. Nos dice: ¡La Biblia! ¡La Biblia! Queremos que nos habléis de la Biblia. Esto es lo que nos alimenta y nos da fuerza para vivir.
En otra ocasión, en el diálogo que siguió a una charla parroquial en Madrid, una persona comentó en voz alta su situación espiritual. Puedo escribir sus palabras con fidelidad, tan sentidas pero tan penetrantes y graves para quien quiera oírlas bien:
Yo creo que si la gente cogiera la Biblia y la leyera, su vida estaría de otra manera, tendríamos más consuelo. Yo no quiero culpar a los sacerdotes, porque a lo mejor ellos no lo saben; pero tendrían que saberlo, y decirlo, y hacerlo. ¡Ay, si a mí me lo hubieran dicho antes! ¡Cómo habría cambiado mi vida! Pero le doy gracias a Dios porque ahora conozco la Biblia. Sin la Biblia yo ya no puedo vivir.
Da la impresión de que nuestro pueblo está evangelizado y de que la Biblia es ya el libro de su vida. Falsa y errónea apariencia. Nada más lejos de la triste realidad.
 
4. Hagamos una panorámica fiel: ¿Cuál es la situación de la Biblia y de los católicos en la actualidad? ¿Cómo se relacionan?
No hay que pecar de alarmismo. Pero produce escalofrío en el alma conocer los resultados de unos datos estadísticos. Me atengo a su escueta enumeración. Son datos, que provienen de una encuesta reciente, surtidos por Vincenzo Paglia, presidente de la Federación Bíblica Católica, durante el mensaje de saludo al Congreso mundial sobre la Escritura en la vida de la Iglesia, celebrado en Roma (2005). Una parte casi insignificante de católicos, apenas el 3% lee la Biblia cada día. El 80% de los practicantes en España (también se incluyen Italia y Francia) escucha la Biblia sólo durante la misa del domingo.
Existe una llamativa ignorancia en materia bíblica, en cuanto a libros y autores. Por ejemplo, el 40% cree que san Pablo ha escrito un Evangelio; y el 26% cree lo mismo también de san Pedro. Pero lo lamentable, es constatar que los católicos no sienten el libro como propio. Asistimos a esta cruel paradoja: La Biblia se encuentra entre los libros más difundidos y divulgados en España, pero también se cuenta entre los menos leídos.
Los fieles aún no leen de manera directa la Biblia. No mantienen un contacto perseverante, personal y profundo. Se pierden en los laberintos de sus incontables páginas y géneros literarios tan diversos. Todavía parece que su lectura está reservada a algunos escogidos. Esto se debe a que simplemente carecen de una Biblia en su casa; o si la tienen, sólo sirve de adorno para decorar una estantería. ¡Qué pocas familias hacen una lectura juntos de la Biblia! ¡Qué escasos son los que se acercan diariamente a la Biblia!
Hemos de reconocer que, a pesar del colosal esfuerzo desarrollado en todos estos años, la Biblia todavía no ha llegado a convertirse en el libro que ilumina y rige la vida de nuestro pueblo.
No basta solo con tener la Biblia, hay que saber leerla. Algunos erróneos acercamientos vician y perjudican. Entre otros hay que señalar el fundamentalismo, que trata de leer la Biblia al pie de la letra, sin discernimiento y sin contacto con nuestra historia. Este peligro cada vez acecha más y resulta aberrante, incluso incendiario, debido a la proliferación de las sectas que utilizan esta lectura fundamentalista, que no tiene en cuenta el proceso de mediación y encarnación de la Palabra. Juan Pablo II lo llamó una forma de suicidio del pensamiento. Otro peligro es el espiritualismo desencarnado, que prescinde del estudio serio de la Palabra de Dios y no conoce el compromiso cristiano; puesto que se deja llevar únicamente por las sensaciones que la lectura bíblica produce.
 
5. ¿Qué caminos habría que recorrer para que el pueblo viva de la Palabra de Dios? ¿Por dónde habría que empezar?
Toda pastoral bíblica en la Iglesia debería empezar en ese lugar hondo en donde se originan los más nobles sentimientos: las entrañas. Tendría que participar de los mismos sentimientos de Jesús cuando ve a la multitud hambrienta, a punto de desfallecer. Experimenta una profunda compasión (splakhnistheis) y les ayuda eficazmente. Se pone a predicarles la Palabra.
Pienso en nuestro pueblo. Los contemplo —si se me permite hablar así— tal como los veía Jesús: famélicos, como ovejas errantes: “Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 8, 36). Él nos dice: “dadles vosotros de comer, pues con el hambre no se juega” (Mc 6, 37).
Debo gritar con toda sinceridad que me duele el hambre de nuestro pueblo que no conoce, tal como ansía en lo más profundo, ni el pan ni el consuelo de la Palabra de Dios.
Hay que sentir el dolor y la honda compasión. He percibido por todas partes hambre, mucha hambre por la Palabra de Dios. La profecía de Amós se cumple. Aquellos días que el profeta vislumbraba para un futuro incierto se anticipan ya en nuestros días: “He aquí que vienen días —oráculo del Señor Yahveh— en que yo mandaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Yahveh” (8, 11).
He visto también en el pueblo de Dios un anhelo ardiente para que se les instruya en el camino, a fin de acercarse a la Biblia y entenderla como Palabra de Dios. Hay católicos que quieren leer la Biblia, pero no encuentran a alguien, un guía competente, que les reparta el pan de la Palabra y sepa explicarles su contenido. El ejemplo de Felipe se encuentra repetido por doquier: ¿Cómo lo puedo entender si nadie me lo explica...? (Hch 8, 31).
El pueblo de Dios tiene hambre de la Palabra de Dios. Se encuentra estragado por mal comer migajas y restos insignificantes, que no sacian ni alimentan. ¿De qué valen unos entretenimientos, unos sucedáneos que son un tentempié para hoy y hambre para mañana?
Constatamos algunas deficiencias. Ni en las parroquias, ni en las diócesis ha entrado con decisión una pastoral bíblica. Falta también un acercamiento inteligente entre nuestros hermanos para poder entender el mensaje. Se desconocen las reglas elementales de la lectura y comprensión bíblicas. Apenas se vislumbra un serio compromiso misionero.
A pesar de todas las carencias, nos mostramos llenos de esperanza. Creemos en la fuerza del Espíritu que no deja de guiar a la Iglesia. Ésta, madre y maestra, reconoce la primacía de la Palabra, no cesa de interpelarnos a su lectura asidua y creyente, a buscar la conversión a Dios y al hermano, a realizar una comprometida irradiación evangelizadora. El papa Benedicto XVI, haciéndose eco de las ultimas llamadas de la Iglesia, está convencido de que la práctica eficaz de la lectio divina, o lectura creyente de la Biblia, va a producir una nueva primavera espiritual en la Iglesia. Era el sueño, durante muchos años alimentado como una llama, de mi maestro y amigo, Carlo Mª Martini, quien nos enseñó a entregar la Biblia al pueblo.
La Iglesia entera debería movilizarse en una seria y responsable preparación del Sínodo. Lo ideal ahora sería, bien por grupos —mejor así: grupos parroquiales, comunidades...— o de forma personal, leer, reflexionar, discernir las preguntas que nos formulan los Lineamenta del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios. ¡No nos consumamos en vanas ensoñaciones o lamentos estériles! He aquí señalado un programa bien concreto de estudio, oración y de acción para trabajar intensamente en este tiempo providencial y para vivir en comunión con el sentir de toda la Iglesia.
 
 

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