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:: Editorial Verbo Divino :: Autor destacado Ricardo López Rosas

Ricardo López Rosas

Ricardo López Rosas

¿Por qué ha escrito un libro para una colección como la Biblioteca Bíblica Básica?

La colección ofrece, de manera directa y profunda, los elementos más relevantes del texto bíblico que pueden llevar al lector a cotejar el modo de entender y vivir su propia realidad. Ésa ha sido la orientación general. Por un lado, el análisis textual es riguroso y sistemático, aprovechando una u otra de las opciones metodológicas disponibles. Por otro, se busca que la Palabra de Dios siga inspirando al lector, porque éste es el meollo: que la Palabra anuncie, denuncie, cuestione y empuje al lector a transformar su realidad con los criterios de Jesús. El libro nuestro va más en línea con la creatividad, el abrir puertas, inspirar y sugerir desde las palabras bíblicas que con el fundamentalismo religioso, sin duda ninguna.

Imagino que esta obra, escrita con Raúl H. Lugo, ha venido precedida de mucha vida y mucha experiencia con grupos diversos, ¿Qué destacaría de la experiencia previa que les llevó a escribir esta obra y qué esperan ofrecer con ella?

Detrás de nuestro libro hay días y semanas de encuentros con grupos bíblicos y agentes de pastoral, talleres de concientización, de alfabetización, aulas universitarias, círculos de reflexión y oración, etc., y días y horas de estudio cariñoso sobre la Biblia.
Recuerdo que en alguna ocasión, al compartir con un grupo de catequistas los códigos de hospitalidad y de “honor y vergüenza” que movían a las sociedades del Mediterráneo, uno de los participantes dijo: “pero si aquí es lo mismo”, y puso un par de ejemplos. En nuestros medios pre industrializados, la gente guarda mucha afinidad con la Biblia y la entiende de un modo “natural”; en ella identifican su historia y muchos rasgos de su identidad. Ojalá que quien lea nuestro libro empatice críticamente con la Escritura, y aprecie su identidad personal, colectiva y eclesial.

En América, la Biblia ha llegado a las familias, a las comunidades parroquiales, a las personas sencillas... al pueblo; en Occidente, la Biblia aún queda relegada a las bibliotecas y los especialistas ¿A qué cree que se debe esto?

Prefiero opinar sobre la situación nuestra. En ella hay varios y complejos factores en juego, imposibles de condensar en dos líneas.

La proximidad de la Biblia con nuestra gente es reciente y guarda modalidades diversas. Los últimos veinte o treinta años, nuestras tierras han visto un florecimiento extraordinario en torno a la Escritura, gracias a la gente que ha reaccionado al trabajo de muchos promotores, católicos y protestantes, que han buscado vincular la Palabra y las realidades cotidianas. Hay que decir, sin embargo, que en esa coyuntura, con frecuencia topamos con fundamentalismos literalistas, con pietismos espiritualoides y con racionalismos descontextualizados. Pero las espinas no sofocan las rosas.

También cuenta que nuestra historia y situación están marcadas por la opresión y sujeción económicas, políticas y religiosas, avaladas desde ciertas interpretaciones de la Biblia (colonialistas y jerarquizantes). En contrapartida, sintomáticamente, la Palabra de Dios ha despertado e inspirado la conciencia y el caminar de muchas gentes como auténticos hijos de Dios y sujetos de su historia de salvación. Sabemos bien que no hay “lectura neutral” de la Palabra de Dios, como no hay lector sin contexto.

A esto, vale añadir que, a diferencia de otras formas y expresiones de la presencia de Dios –administradas por y para unos cuantos– privilegiadamente en la Escritura, Dios se hace accesible a todo lector interesado. De allí que sea tan importante estudiarla y reflexionarla, porque no hay que olvidar que la Biblia es para vivir, así, sin adverbios, y no al contrario. Sólo que tenemos oídos para la parafernalia y no para Lázaro; seguimos negando y asfixiando al Espíritu.

Es cierto, la Biblia es bastante popular entre nosotros, pero estamos muy lejos de obtener una cultura bíblica elemental que asumamos con plenas consecuencias.

¿Qué expectativas tiene sobre el Sínodo de la Palabra de Dios? ¿Cuál cree que podría ser su mayor aportación?

Mi expectativa es muy limitada. He leído apenas los lineamenta, y creo que eso de facilitar el encuentro con la Palabra como fuente de vida es un objetivo muy válido. Pero, ya en la realidad, vale preguntarse: ¿Cuántos institutos bíblicos hay en el planeta y dónde están? ¿Cuánto cuesta especializarse en Sagrada Escritura? Y… ¿quiénes lo hacen? ¿Cómo? ¿Para qué?

Sueño con ver Institutos Bíblicos por cada diócesis, y escuelas bíblicas en cada parroquia de barrio, con agentes y medios cualificados, donde “los pastores” fueran los primeros escuchas y promotores de la Palabra de Dios. Un eminente purpurado de mi tierra dijo que “eso sería protestantizar la Iglesia, y que lo que se necesitaba era sacramentalizar”. ¡Así estamos! Pero si esto sucediera en los próximos diez años, por ejemplo, estaríamos hablando de la posibilidad futura de abrir canales de diálogo que llevaran a transformar la Iglesia católica en el “espacio de todos los hijos de Dios”, eso que todos queremos. Pero mi expectativa es demasiado particular, pues seguramente el Espíritu nos depara un horizonte más ancho e intenso en el documento sinodal de noviembre próximo.
 
Usted trabaja en Norteamérica con la población latina, ¿cómo ve la realidad latina allí?

Tengo poco tiempo acá, pero me atreveré a decir algo, corriendo el riesgo de generalizar y recurrir a clichés. La palabra “latino” agrupa una diversidad enorme, de una veintena de países. Migración nos cataloga como etnia o “raza” (¡hispanic!) y somos la minoría más grande en Estados Unidos (unos 45 millones). Hablar de “la realidad latina” me rebasa, pero la percibo contradictoria, y hasta esquizofrénica.

Aquí, el primer diferenciador socioeconómico es el de ser “legal” o “ilegal” en un estado confesionalmente teísta (¿cristiano?) y con un gobierno guerrero de la libertad y de los derechos humanos, pero que agrede y consume migrantes… La actual política y el sistema de “justicia” desmiembra a las familias y criminaliza a los nuestros. Hablo de lo que ocurre en el barrio y el suburbio, no de Hollywood y Wall Street. Claro, en este momento de procesos electorales, los latinos están en cada discurso, pero no hay que encandilarse.

Muchos latinos están “divididos”: viven aquí, pero piensan en su familia que está en algún lugar de la América Latina. Nuestra gente trabaja mucho, pero, en general, es mal remunerada, y sin tiempo para sí o la propia familia. La vida se gasta queriendo subsistir y soñando en regresar al terruño. Eso sí, en el “primer mundo” y en pos del “sueño americano”. El latino posee una variopinta identidad cultural que se diluye ante el consumismo liberal y la necesidad de afirmación social. Los más jóvenes hallan en las pandillas (gang) la reciprocidad social que el ambiente “anglosajón” les niega. El idioma también es problema y se va forjando el spanglish. Sin embargo, las generaciones ya nacidas aquí son más híbridas; se identifican con sus padres, pero no con sus raíces. Tampoco hacen suyas las raíces estadounidenses, pero sí sus visiones y muchas de sus costumbres. Esto de la inculturación es un gran reto, donde el dato religioso tradicional se evapora conforme los individuos aprenden a caminar solos. En fin, que aquí el Espíritu va trazando rutas inéditas para el encuentro con Dios y con los hermanos; los modos de ser y hacer la Iglesia tienen que modificarse a corto plazo; de hecho, ya están cambiando. Así lo miro yo, con mucha esperanza.

Imagínese que su obra puede provocar y ayudar a aquello que usted más desea. ¿Con qué soñaría usted ahora que acaba de ser publicado su libro? ¿A quién y para qué querría que sirviese?

Sueño con lo que Juan llamaría “plena comunión”, o Pablo “‘justicia y paz’”; así, sin restricciones, porque mi espacio es minúsculo. Me gustaría que el lector de mis páginas se preguntara si lo que lee es verdad o no, y se moviera a cotejar su propia percepción con la Palabra de Dios y le hiciera caso. Al escribir no aspiro a más, sólo a “pro-vocar”.

Después de terminar el libro, ¿qué le ha aportado escribirlo y compartir la autoría con Raúl H. Lugo?

Raúl es un admirado amigo, trabajador incansable y comprometido por los derechos humanos. Yo leo su columna semanal en el Diario de Yucatán, y me honra compartir este libro con él. Al intercambiar puntos de vista, él ha sido ejemplar diferenciando lo primario de lo secundario, y expresándolo con claridad. Es un hermano de convicciones cabales, y de un amor a la Iglesia muy difícil de encontrar entre clérigos. En fin, que Raúl enriquece a quien se lo encuentra, y ahora hemos coincidido en este libro.
 
Y sus próximos proyectos... ¿por dónde van? ¿Algún otro libro en mente?

Hay varios pre proyectos sobre el escritorio. Hablando de escritos, desde hace tiempo quiero retomar unos estudios bíblicos de hace años sobre el discipulado, terminar unos apuntes sobre las cartas a los Corintios y darle forma a algunas notas dispersas sobre las iglesias del Nuevo Testamento. Pero todo esto tiene que acoplarse con las circunstancias que traerán un modo diferente de vida y un nuevo sitio de trabajo que aguardo. Allí estoy, y quiero seguir caminando “con la lámpara encendida”.

 

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