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Rafael Aguirre Monasterio

Rafael Aguirre Monasterio

Para conocer un poco más a… RAFAEL AGUIRRE MONASTERIO

Rafael Aguirre Monasterio es sacerdote, profesor de Teología en Deusto, conferenciante, experto en ética... y, también, coordinador de “Así empezó el cristianismo”, un libro editado por Verbo Divino dentro de su colección Ágora, dedicada a la Biblia y su contexto cultural.

"Así empezó el cristianismo" es una obra realizada en equipo entre expertos de varias universidades (Comillas, Deusto y Salamanca); un libro hecho con “pluralidad capaz de estar en comunión”; sin eliminar las diferencias, respetando las diversidades, “arrimando el hombro” para una obra que es de todos. “El cristianismo de los orígenes era bastante más plural que el cristianismo de nuestro tiempo”, sostiene Aguirre.

 

¿Cómo empezó el cristianismo? El cristianismo no cayó del cielo, ni responde a unos decretos fundacionales de Cristo, sino que surge de un proceso conflictivo que va del año 30 a finales del siglo II.

¿Qué papel tuvo Jesús en el cristianismo como institución? El impacto que él produjo en sus seguidores fue absolutamente decisivo, y puso en movimiento una serie de grupos diversos que se vinculaban de diferentes maneras con la figura de Jesús. Asistimos a la salida de Palestina, con los judeohelenistas (Pablo), y así se da el paso a un movimiento universal. En un proceso complejo va surgiendo la Iglesia universal, el cristianismo.

¿Qué diferencia hay en el cristianismo original hacia lo que hoy es la Iglesia? Desde el punto de vista de los seguidores de Jesús, van construyendo la Iglesia (Ecclesia), lo que ocurre es que desde el comienzo ya se va utilizando el término “cristianismo”. Ecclesia es el grupo de los que se dicen seguidores de Jesús, mientras que el cristianismo es la cultura que tiene su inspiración en los valores evangélicos y llega al Imperio romano, y que esto lo realizan mucho antes de contar con el apoyo imperial.

Jesús muere en el año 30-33, y el Edicto de Constantino es de comienzos del siglo IV... Podíamos considerar que el proceso constitutivo del cristianismo concluye en el siglo II. Con sus propias escrituras, elementos organizativos, sus propios ritos... Es muy anterior al apoyo imperial. También es verdad que la ortodoxia surge con los concilios ecuménicos, el primero de Nicea (325), que sí cuenta con el apoyo de Constantino. Antes, las decisiones fundamentales ya estaban tomadas. Ya hay un sistema organizativo, ritos propios y una comunidad diferenciada. El cristianismo de los orígenes era bastante más plural que el cristianismo de nuestro tiempo. Ya en los orígenes apareció como un movimiento muy plural.

¿Por qué triunfa el cristianismo? Por varias razones. Eran comunidades que ofrecían identidad y ayuda material, en un momento de crisis en la ideología oficial; eran comunidades socialmente heterogéneas y culturalmente mestizas, y esto suponía una cierta novedad histórica; eran comunidades que, por una parte, muy pronto desarrollaron una capacidad de diálogo con las élites culturales, pero, por otra parte, con todo el sistema sacramental; eran comunidades que ofrecían un ámbito de acogida, incluso emocional, a la gente más sencilla.

A lo largo de los siglos, sí se ha impuesto la tesis de que la Iglesia y el poder político han ido de la mano... Sí, pero eso viene después, con la oficialización de la Iglesia como religión del Imperio. Aquí estamos hablando del cristianismo de los orígenes, que es el que llega hasta finales del siglo II. Es uno de los fenómenos más apasionantes que se pueden investigar. Es un fenómeno con una gran influencia en la historia anterior. No se puede entender Europa sin entender ese componente esencial que es el cristianismo y cómo se forjó. Y desde el punto de vista creyente, la Iglesia ha de volver los ojos a los orígenes, sobre todo en momentos de crisis, para descubrir futuros nuevos. Estamos en ese momento. Tanto política, como cultural y religiosamente, estamos en un momento de crisis que nos obliga a volver a los orígenes. Pero insisto: miramos a los orígenes porque nos interesa el futuro, y porque en los orígenes podemos encontrar posibilidades que no han sido explotadas. Los orígenes a veces se han idealizado, pero en ellos encontramos virtualidades muy importantes.

¿Qué podemos utilizar en la Iglesia que vive hoy que nos sirva en esos orígenes? Por ejemplo, que el cristianismo tenía un carácter más participativo. Hoy en Europa nos encontramos con un cristianismo mucho más pasivo, más clericalizado, lo cual quiere decir burocratizado: hay un estamento que parece que tiene que hacerlo todo. En el cristianismo de los orígenes las comunidades eran enormemente participativas. Era un movimiento muy plural, con gran capacidad de acogida e integración de la diversidad. Encontramos desde la carta a los Gálatas a la de Santiago, y ambas se reconocen, se aceptan. Esta capacidad de aceptación de la diversidad es una de las grandes lecciones que tenemos que aprender en la actualidad.

La Iglesia institución hoy, ¿ha perdido alguno de sus orígenes o valores? Con el paso del tiempo, el proceso de institucionalización... Hay mucho polvo del camino que se va pegando. Hay una evolución perfectamente legítima: sería anacrónico pensar que en los orígenes encontramos un retrato fiel de lo que debe ser la actualidad. Encontramos inspiración y posibilidades que no se desarrollaron. Por ejemplo: un protagonismo muy notable de la mujer, que se constata en los evangelios y en las cartas de Pablo. Quizá ese es un elemento que la Iglesia debe desarrollar en profundidad. En los orígenes encontramos la capacidad de expresar lo ocurrido en Galilea, y hoy tenemos que distinguir entre lo que es fe cristiana y la expresión cultural. El paradigma cultural ha cambiado: tenemos que hacer lo que hicieron en su tiempo. Expresar la fe en el mundo en el que nos ha tocado vivir. En un mundo globalizado, el cristianismo tendrá que saber expresarse en culturas muy diversas.

Esa apertura fue el primer paso de lo que luego fue el Concilio Vaticano II... Esa fue la gran aventura del Concilio. Lo que pasa es que cuando se toman decisiones innovadoras, se plantean problemas nuevos. Y eso ocurrió en el Vaticano II. Cuando se trata de recorrer caminos inexplorados, te encuentras con problemas que no conocías. El problema es que entonces te encuentras con mucha gente que quiere dar marcha atrás. Yo no creo que esa sea la postura adecuada: habrá que corregir defectos, enderezar rumbos... pero las opciones que tomó el Concilio Vaticano II fueron muy importantes. Es semejante al I Concilio de Jerusalén, cuando los jerosolimitanos aceptaron lo incomprensible: la decisión de los judeocristianos de Antioquía de abrirse a los gentiles. El cristianismo se estaba jugando el ser una secta judía o convertirse en universal. Quizá hay una opción semejante en el momento del Vaticano II. Nos abrimos de verdad a la cultura de la modernidad o permanecemos encerrados en nuestro eurocentrismo. Y todavía seguimos debatiéndonos.

Pedro y Pablo se enfrentaron, riñeron... Y sus tradiciones se reconciliaron, pero la tensión entre ellos fue muy dura. Hay que saber gestionar los conflictos, pero una comunidad viva tiene que tener conflictos; si no, no crece. Cuando hablamos en cristiano, con doble razón: porque tenemos que saber comportarnos como hermanos incluso en medio de conflictos. Tenemos que ser respetuosos y fraternos siempre.

Hablando de Pablo, de los gentiles, de la apertura... Benedicto XVI ha hecho suya la recreación del “atrio de los gentiles”. Tenemos un proyecto en París a finales de marzo. ¿Cómo ves esos proyectos? Yo lo veo muy bien. Todo lo que sea el diálogo franco y sincero con la sociedad es absolutamente necesario. Este Papa está muy preocupado con el diálogo con la cultura europea, y es legítimo. Pero el cristianismo tiene que dialogar con otras culturas en el mundo globalizado. Y pienso especialmente en Asia. Que la Iglesia más que madre y maestra, se considere hermana de la Humanidad, que camina fraternamente con la Humanidad. La Iglesia tiene algo que decir, no lo oculta, lo propone, pero también tiene mucho que aprender. Tiene que tener capacidad de escucha para legitimar su capacidad de propuesta. El diálogo no es una simple estrategia para “vender” nuestra mercancía. Cuando nosotros dialogamos es porque estamos convencidos de que tenemos que aprender. Eso no es debilidad de nuestras convicciones, sino la limitación de nuestros horizontes.

 

 

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