Ésa es la primera pregunta que uno se hace cuando cae en sus manos un libro como éste sobre la celebración. Para muchos, hablar de celebración es un retorno al pasado. Lo que hoy interesa, en ámbitos de renovación eclesial, es la lucha por la justicia, el compromiso social y político, la búsqueda de un cristianismo libre de ritos y de encorsetamientos. La celebración interesa escasamente, porque es síntoma de épocas ya superadas.
En ambientes más convencionales y tradicionalistas, apenas sí se pone en cuestión el tema de la celebración. Casi no cuenta. Más por ignorancia que por desprecio. La gente, en el mejor de los casos, va a misa para cumplir, porque es una obligación. O, a lo sumo, porque así se ha hecho siempre. Su presencia en la iglesia durante la misa es amorfa, aburrida, chata, sin garbo, sin entusiasmo. Desde luego, esas misas de domingo pueden ser cualquier cosa menos una fiesta. La gente no canta, ni se expresa gestualmente, ni, por supuesto, es capaz de entrar en el misterio. Esto es, evidentemente, una apreciación general, susceptible de reservas y de matizaciones.
Consideración aparte merecen las misas de compromiso: misas de boda y funerales; misas solemnes de protocolo a las que asisten las autoridades civiles. En esos casos la asamblea cristiana es inexistente. A estas misas se suele asistir por motivos puramente sociales y de compromiso. El nivel de fe, por el mismo motivo, es escaso o nulo. Esperar que estas concentraciones sean una celebración es como pedir peras al olmo.
Hay, sí, sacerdotes animosos, preocupados por la participación de los fieles en las celebraciones. Esta preocupación pastoral se vierte principalmente en las misas de niños y jóvenes. Yo asisto con frecuencia a estas liturgias, y mi impresión es escasamente positiva, por no decir decepcionante. A mi juicio, el punto de referencia utilizado para construir estas celebraciones no es el acertado. Una celebración cristiana no es una especie de juerga sagrada donde todos hablan, todos intervienen, todos gesticulan, todos deambulan sin orden ni concierto. Hay que asistir un domingo cualquiera a una misa de niños para comprobarlo. Estas celebraciones abundan en juegos de niños, dinámicas de grupo, escenificaciones sagradas, pero carecen del más elemental sentido del silencio, del recogimiento, de la escucha atenta de la palabra, de unas formas de expresión corporal comedidas y respetuosas, de una participación intensa y activa. Otro tanto ocurre en las eucaristías celebradas con grupos de jóvenes, quizás con una mayor utilización del canto y de la palabra.
Uno tiene la impresión de que o no nos interesa celebrar, o no sabemos hacerlo. Por eso pienso que la apuesta por la celebración es para los pastores un reto, una meta difícil pero estimulante. No podemos renunciar a conseguir celebraciones satisfactorias, intensas, en las que nos sintamos espiritualmente conmovidos, inmersos en un clima de fervor íntimo y de misterio, en el que Dios se nos comunique a través de la mediación de símbolos cultuales. Los sacerdotes juegan en esta tarea un papel importante, un protagonismo irrenunciable al servicio de la comunidad.
Yo soy optimista. Por eso he escrito este libro sobre la celebración. Espero que quienes asumen la responsabilidad pastoral de construir y animar las celebraciones litúrgicas encuentren aquí las pautas y los criterios que les ayuden en esa difícil pero apasionante tarea.
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