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Martes de la 33ª semana del T.O

Anteriormartes, 19 de noviembre de 2019 Siguiente

Lecturas Bíblicas
2 Macabeos 6, 18-31
3, 2-3. 4-5. 6-8a
Lucas 19, 1-10
Liturgia
Color Verde
Ciclo C
Semana Salterio I
Crispín

Cita del día

«Hoy ha llegado la salvación a esta casa»: el don de la gracia se muestra sobreabundante, mayor de lo que Zaqueo se habría atrevido a esperar. Sin embargo, el movimiento sincero de su corazón, el deseo de «ver a Jesús», tal vez haya sido el resorte que impulsó a Jesús a salir a su encuentro.
En la liturgia de hoy aparecen dos figuras muy diferentes. El anciano Eleazar, que había llevado una larga vida irreprensible a la sombra de la Ley, parece que no tiene nada en común con el pequeño funcionario de los impuestos, sometido al extranjero y avezado en las componendas y en los fraudes. Sin embargo, les une el coraje necesario para tomar una decisión importante: la de poner toda su vida y su propia muerte bajo el juicio de la Palabra de Dios. Eleazar podría salvar tanto su propia fidelidad a la Ley como su propia vida: ¿qué importa fingir que se venera a los ídolos, si los ídolos no son nada? Zaqueo podría seguir con su oficio, despreciado pero rentable: ¿qué le importaban a él las discusiones entre los rabinos del judaísmo? Sin embargo, Eleazar sabe que un solo gesto hipócrita, una sola debilidad, anularía años de fidelidad; sabe que prolongar su vida a costa de su propia conciencia significaría condenarse a una muerte peor que la del suplicio. A Zaqueo le basta con cruzar su mirada con la de Jesús –él, pequeño, mira desde arriba, desde la higuera; el Maestro levanta los ojos para encontrar los suyos– para comprender al momento que todo el dinero que ha ganado no vale lo que una sola hora con Jesús en su casa.

Fuente:
Lectio Divina para cada día del año: Ferias del Tiempo Ordinario Lectio Divina para cada día del año: Ferias del Tiempo Ordinario

Autor: Zevini, Giorgio / Cabra, Pier Giordano

Textos bíblicos
Primera lectura:
2 Macabeos 6, 18-31

Lectura del segundo libro de los Macabeos

En aquellos días, Eleazar, uno de los principales maestros de la ley, hombre de edad muy avanzada y de aspecto venerable, fue obligado a comer carne de cerdo, abriéndole la boca por la fuerza. Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida infame, se dirigió voluntariamente al suplicio después de haber escupido la carne. Hizo lo que deben hacer quienes, aun poniendo su vida en peligro, rechazan los alimentos prohibidos. Los que presidían aquel banquete prohibido por la ley, movidos por la antigua amistad que tenían con este hombre, lo llevaron aparte y le rogaron que se hiciera traer carne permitida y preparada por él mismo, y que fingiera comer de esa carne ofrecida en sacrificio, tal como el rey lo había ordenado. De ese modo se libraría de la muerte, y ellos, dada su vieja amistad, lo tratarían humanitariamente. Pero Eleazar, tomando una honrosa decisión, digna de su edad, del prestigio de su ancianidad, de sus blancos cabellos y de la intachable conducta que observó desde su niñez y, especialmente, de la santa ley establecida por Dios, respondió que prefería ser enviado sin dilación al lugar de los muertos.
A mi edad —dijo— no es digno fingir. Y no quiero que muchos jóvenes piensen que yo, Eleazar, a mis noventa años, me he pasado al paganismo; serían inducidos a error a causa de mi simulación y apego a la poca vida que me queda; no quiero, ya en mi vejez, traer sobre mí la infamia y el deshonor. Además, aunque pudiera librarme del castigo humano, ni vivo ni muerto lograría escapar de las manos del Todopoderoso. Por eso, doy ahora mi vida con valor para mostrarme digno de mi ancianidad; de esta manera, muriendo valientemente y con honor por nuestras venerables y santas leyes, dejaré a los jóvenes un noble ejemplo.
Dicho esto, se encaminó resueltamente al martirio. Quienes lo conducían, al escuchar aquellas palabras que les parecieron insensatas, cambiaron en furor su anterior actitud afable. A punto de morir por los golpes que recibía, dijo entre gemidos:
—El Señor, que está en posesión del santo conocimiento, sabe muy bien que, aun cuando pude escapar de la muerte, estoy sufriendo en mi cuerpo el terrible suplicio de los azotes. Pero también sabe que padezco con alegría por el respeto que le tengo.
De esta manera murió Eleazar, quien con su muerte dejó un memorable ejemplo de generosidad y virtud, no solo a los jóvenes, sino a la nación entera.

Salmo:
3, 2-3. 4-5. 6-8a

R/. El Señor me sostiene.

      Señor, ¡son tantos mis enemigos,
          tantos quienes se alzan contra mí!
          ¡Tantos los que de mí dicen:
          «No tiene salvación en Dios»! R/.

      Pero tú, Señor, eres mi escudo,
          mi gloria, quien me enaltece.
          Cuando clamo al Señor,
          él me responde desde su monte santo. R/.

      Me acuesto y me quedo dormido,
          me despierto porque el Señor me sostiene.
          No temo a esa ingente multitud
          que me ha puesto cerco por todas partes.
          ¡Ponte en acción, Señor! ¡Sálvame, Dios mío! R/.

Evangelio:
Lucas 19, 1-10

Lectura del santo evangelio según san Lucas

En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó e iba recorriendo la ciudad.
Vivía allí un hombre rico llamado Zaqueo, que era jefe de recaudadores de impuestos y que deseaba conocer a Jesús. Pero era pequeño de estatura, y la gente le impedía verlo. Así que echó a correr y, adelantándose a todos, fue a encaramarse a un sicómoro para poder verlo cuando pasara por allí.
Al llegar Jesús a aquel lugar, miró hacia arriba, vio a Zaqueo y le dijo:
—Zaqueo, baja enseguida, porque es preciso que hoy me hospede en tu casa.
Zaqueo bajó a toda prisa, y lleno de alegría recibió en su casa a Jesús.
Al ver esto, todos se pusieron a murmurar diciendo:
—Este se aloja en casa de un hombre de mala reputación.
Zaqueo, por su parte, se puso en pie y, dirigiéndose al Señor, dijo:
—Señor, estoy decidido a dar a los pobres la mitad de mis bienes y a devolver cuatro veces más a los que haya defraudado en algo.
Entonces Jesús le dijo:
—Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también este es descendiente de Abrahán.
En efecto, el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Color verde
Este color simboliza esperanza, paz, serenidad y ecología. Es usado durante el Tiempo Ordinario, en los feriados y los domingos que no exigen otro color (solemnidades, fiestas de santos).
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